Luis Barragán: De los terceros culpables

Luis Barragán @LuisBarraganJ

Por supuestísimo que hay un viejo contexto generador del fenómeno, convertido en todo un régimen político con el socialismo del siglo XXI; esto es, inexorablemente sistémico: las fallas, errores, confusiones, desaciertos y deslices propios, todos y absolutamente todos, los debitamos a terceros culpables. A la postre, nos conduce al autoengaño siendo no menos obvia la evasión de nuestras propias responsabilidades, por lo que en la intimidad misma de los más cercanos no permítimos ni un milímetro de autocrítica sincera.

El imperio – no ha de faltar mucho para llamarlo oficialmente imperialismo – es el culpable de todas nuestras desgracias, y, aunque demostremos que fue posible salir adelante con una industria petrolera sana y altamente competitiva, es en este siglo que juramos comprobar que su fracaso se debe a un criminal bloqueo económico surgido por combustión espontánea. Un hecho cultural, esto se une a otro ejemplo que hace las veces de principio general: el fracaso del examen oral o escrito, y la quiebra de la materia misma lo explica el muchacho por la rabia personal que le tiene el profesor.

Importa y mucho denunciar, mas no es suficiente, al oficialismo que hace gala de toda suerte de abusos, ventajas y mentiras, para arrinconar a la oposición – no está demás agregar – genuina y democrática, víctima de una constante y excesiva violencia simbólica y material. Nunca dejará de asombrar, dentro y fuera del país, el ensañamiento, la impudicia y el cinismo socialista que pretende demoler toda noción de dignidad. No obstante, diferenciándolo de la sociedad civil de la cual es su más especializada expresión, cualesquiera sean sus niveles, le corresponde al dirigente político buscar con afán y, al mismo tiempo, serenidad, concebir y emplear la estrategia más adecuada para alcanzar la solución, faltando poco, crecientemente consensuada.



Significa, en última instancia, un trabajo convincente de articulación con el resto de los factores que de un modo directo e indirecto, ayudan en el común esfuerzo por una transición democrática fiable y consecuente, y, más aún, cuando debemos sortear las dificultades más inverosímiles y sorpresivas, incluyendo las diferencias políticas e ideológicas que no deben aguzar aquellas impertinentemente personales. De lo contrario, la experiencia política a compartir sería la de una enfermiza quejumbre y la inevitable derivación en un sedicente mesianismo que explica sus fracasos por la actuación de los demás, añadida la bancada opositora misma, convertida la experiencia en la inútil caza de terceros culpables y el maniqueísmo, reacios a pintar la realidad de todos sus colores y matices.

Días atrás, recomendaba a un amigo aspirante a la alcaldía de una lejana entidad, que no bastaba con el perpetuo quejido por las actuaciones arbitrarias de la autoridad local y su exagerada dependencia con el poder central, ni de hacerse el más exclusivo portavoz de un conjunto de soluciones, pidiéndole a sus correligionarios que protesten en su nombre por los lados de la capital del estado. Y si éste es el propósito, el de promoverse, quizá debe solicitar de sus copartidarios vocear los problemas y las alternativas que a él lo asocien, sensibilizando a la opinión pública con una rueda de prensa frente a la gobernación, fuese o no exitosa; vale decir, dándole conducción política a través de un despliegue estratégico al que puede ayudar la sociedad civil organizada que ya no sería tal de plantearse el reemplazo del liderazgo político requerido de un inusual compromiso de vida.