Ramón Peña: Flagelos de las democracias

Las sociedades democráticas del hemisferio son ensombrecidas por conductas cargadas de irracionalidad, las cuales, contando con las redes sociales como caja de resonancia, pueblan la psiquis del colectivo. Los dislates se manifiestan a lo largo del continente.

Entre estas conductas descuella la posverdad o distorsión deliberada de la realidad, eficaz para contaminar la opinión pública, manipular creencias y emociones y dictar líneas de acción mediante las redes sociales que pueden ser devastadoras. Un caso patético fueron las vandálicas y destructivas acciones de calle que asolaron a Chile en 2019, así como el esperpéntico proyecto constitucional afortunadamente rechazado.

Otra, el negacionismo a ultranza, o desconfianza dogmática de datos y estadísticas, atizado por mandatarios narcisistas. Se reveló en EE.UU. con el desconocimiento y rechazo del resultado electoral de 2020 y dos años más tarde, como copia fiel, en Brasil, materializado en ambos países en asaltos feroces a las sedes de instituciones del Estado.

La parcelación étnica de las sociedades con fines demagógicos, en lugar de una aproximación social integradora y equitativa, ha alentado inflamadas reacciones tribales en países como Chile y Perú, en este último, materializándose en la más desacertada escogencia posible de un primer mandatario, con lamentable saldo trágico.

En años recientes, se difunden siniestras teorías de la conspiración. Por sus características han sido bautizadas con el término Conspiranoia, definido por la RAE como la fusión de conspiración y paranoia. Insólito fenómeno que puebla la mente de millones de norteamericanos y refuerza estereotipos que exacerban la violencia y las ideologías extremas.

Estas perturbaciones acontecen en medio de una crisis de poder, caracterizada por el contenido empobrecido de la contienda política, liderazgo grisáceo, narcisismo de connotados gobernantes, deriva extremista de partidos tradicionales de izquierda y derecha. Considerando además el agravamiento de la consuetudinaria desigualdad social y el bajo crecimiento económico, se configura una coyuntura de crisis profunda de las democracias del Norte y Sur hemisférico.