León Sarcos: Democracia mestiza en tres tiempos

Si la democracia nació en Grecia y se consolidó en Estados Unidos, los intentos de instauración del mejor sistema de convivencia civilizada en el resto del continente, han servido para poner a prueba las limitaciones políticas y culturales dejadas por la herencia del imperio español en las sociedades mestizas: indisciplina, anarquía, división, traición, negligencia y extravío. 

Los orígenes y perfiles de nuestros conquistadores y colonizadores

Para aproximarnos a explicar en sus orígenes las causas, entre muchas otras, de los entuertos y las fragilidades que enfrenta la democracia en la América Hispana, resulta de suma utilidad el libro del escritor Arturo Pérez Reverte, Una Historia de España: resumen ingenioso y muy lúcido que narra de manera picaresca la historia de nuestra madre patria y las consecuencias que dejaron en el torrente sanguíneo de las sociedades mestizas, sus costumbres y la práctica económica y política de la monarquía y sus elites, y su manera de entender el mundo y su relación con los otros.

El libro resulta, en su recorrido durante siglos de gobiernos imperiales, bárbaros, monárquicos y republicanos, un singular y simpático relato histórico, que nos informa y en ocasiones nos deja perplejos por las desmesuras, rivalidades, inmoralidades y traiciones, pero también por las lecciones de hidalguía, grandeza y nobleza por parte de algunos sabios conductores políticos, pensadores, intelectuales y escritores hispanos. 

El libro advierte, en expresiones de reconocidos pensadores, en tres páginas de resumido prólogo, lo que el lector habrá de encontrar sustancialmente desbrozado en sus más de doscientas magistrales páginas. Su comienzo resulta luminosamente hermoso para todos los que sentimos la sangre celtíbera, que corre y palpita sin pausa con la precisión del tic tac de un reloj suizo confundida con cada una de las pulsaciones de nuestro desconsolado corazón mestizo.

Érase una vez una hermosa piel de toro negro con forma de España llamada Ishapan, que significa o significaba… tierra de conejos… Y que estaba habitada por un centenar de tribus, cada una de la cuales hablaba su propia lengua e iba a su rollo.

Es más: procuraban destriparse a la menor ocasión y solo se unían entre sí para reventar al vecino que era más débil, destacaba por las mejores cosechas o ganados o tenían las mujeres más guapas, los hombres más apuestos o las chozas más lujosas.

Estrabón, geógrafo e historiador griego que vivió entre el 63 a. C y el 23 d. C, gran viajero, recorrió casi todas las tierras de la ecúmene, llegando a Armenia en oriente, hasta Cerdeña en occidente, y desde el mar Negro en el norte hasta los límites de Etiopía en el sur. Estrabón describió con estas palabras a los iberos:

El orgullo alcanza entre los iberos grados muy altos. Llevan vidas de continuas alarmas y asaltos, arriesgándose en golpes de mano, pero no en grandes empresas, pues se niegan a aumentar sus fuerzas uniéndose entre ellos.

Baltazar Gracián, escritor y filósofo jesuita del Siglo de Oro español, autor del Criticón, que vivió entre 1601 y 1658, dirá con toda su sabiduría, de España y los españoles: 

Allí vive y reina la soberbia con sus aliados: la estimación propia, el desprecio ajeno, el querer mandar y no servir a nadie, el lucir, el alabarse, el hablar mucho, alto y hueco, el brío con presunción, y todo eso desde el noble al más plebeyo. 

Voltaire (1694-1778), una de las figuras más relevantes de la Ilustración, el periodo de la historia de Europa que enfatizó el poder de la razón y de la ciencia en detrimento de la religión, por el contrario, extrae ricas experiencias de la historia de España:

Los españoles tienen una clara superioridad sobre los demás pueblos: su lengua se hablaba en París, en Viena, en Milán, en Turín; sus modas, sus formas de pensar y de escribir, subyugan a las inteligencias italianas, y desde Carlos V hasta el comienzo del reinado de Felipe III, España tuvo una consideración de la que carecían otros pueblos. 

El Duque de Wellington (1769-1852), militar, político y estadista británico, el hombre que derrotó a Napoleón en Waterloo, sentenciará: España es el único lugar del mundo donde dos más dos no suman cuatro.

Quizás el mejor registro de la Historia de España de Reverte, sea esta expresión un tanto desprevenida: Porque si la Galia, con todo su postureo irreductible en plan de Asterik y Obelix, Julio Cesar la conquisto en nueve años, para España necesito doscientos. Calculen la risa. Y el arte. Pero es normal. Aquí nunca hubo patria, sino jefes (lo dice Plutarco en la biografía de Sertorio)

Revolución e independencia

Desde la segunda mitad del siglo XVIII, las nuevas ideas se apoderaron lentamente del pensamiento de las vanguardias españolas y de sus posesiones ultramarinas. Los cambios en el mundo hispánico no podían nacer de principios generados por España y sus satélites, sino de la adopción de las ideas de la ilustración europea.

La palabra revolución será durante el siglo XIX, para las minorías ilustradas tanto de España como de las naciones de América Latina, la palabra mágica a través de la cual se intentará, generalmente utilizando la violencia, dar el gran salto a la modernidad.

Nuestras guerras de independencia no se plantearán solo la separación de España, sino también mediante un salto revolucionario, convertir las nacientes republicas, en sociedades modernas.  Esto será una constante en todos los intentos de independencia del subcontinente, aunque cada uno haya tenido características diferentes.

Sin duda el modelo que sirvió de inspiración a los revolucionarios latinoamericanos fue dual: la revolución de independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa. Hoy podemos afirmar que el siglo XIX comenzó con tres grandes revoluciones: la norteamericana, la francesa y la de las naciones latinoamericanas, todas triunfantes en los escenarios donde se desarrollaron, pero de consecuencias distintas en cada uno. 

En Estados Unidos apareció la primera sociedad realmente moderna, aunque desdibujada por la esclavitud y el exterminio indígena. En Francia, a pesar de que se produjeron cambios sustanciales, la nueva sociedad surgida de la revolución continuó en muchos aspectos siendo la Francia centralista de Richelieu y Luis XIV.

En América Latina, a pesar de que los pueblos empezaron a gobernarse a sí mismos, los revolucionarios pudieron establecer solo en el papel regímenes e instituciones de verdad libres y democráticos.

Según Octavio Paz, la independencia latinoamericana coincide con un momento de postración del imperio español. En España, la unidad nacional no fue fruto de la fusión de los distintos pueblos de la provincia por voluntaria asociación, sino a través de una política dinástica hecha de alianzas y anexiones forzadas. La crisis del estado español precipitada por la invasión napoleónica fue el comienzo de la disgregación.

Por eso, afirma Paz, el movimiento emancipador de las naciones hispanoamericanas debe verse también, excepción de Brasil, como un proceso de disgregación. A la manera de una puesta en escena de la vieja historia hispanoárabe con sus jeques revoltosos, muchos de los jefes revolucionarios se alzaron con las tierras liberadas como si las hubieran conquistado.

Los caudillos —continúa— inventaron países que no eran viables ni en lo político ni en lo económico y que, además, carecían de verdadera fisonomía nacional… la dispersión fue una cara de la medalla: la otra, la inestabilidad, las guerras civiles y las dictaduras.

La conclusión no puede ser más cruda en este segundo tramo: desde los inicios, de acuerdo con uno de nuestros escritores más preocupados por las consecuencias del mestizaje: bajo el régimen español la sociedad civil, lejos de crecer y desarrollarse como en el resto de occidente, había vivido a la sombra del Estado. 

La realidad central de nuestros países, como en España, ha sido el sistema patrimonialista. En ese sistema el jefe del gobierno —príncipe o virrey, caudillo o presidente— dirige el Estado y a la nación como una extensión de su patrimonio particular, esto es, como si fuesen su casa.

Modernidad y democracia

Hijos del patrimonialismo estatal, del mercantilismo económico y de la contrarreforma española, volvimos a equivocarnos, no porque elegimos a la democracia como modelo político, sino porque creímos que eligiendo el camino a la democracia podíamos conseguir la tan ansiada modernidad y hoy somos náufragos, habitantes de unas sociedades premodernas que no han podido consolidar ni democracia ni modernidad.

En nuestro caso, somos por la cultura y por la historia, no siempre por la raza, una rama de la civilización donde se originó la modernidad. Lo único es que somos descendientes de la cultura española y portuguesa que se desligaron de la corriente general europea en el momento que se iniciaba la modernidad.

De allí que durante el siglo XIX y una parte del XX, los latinoamericanos hemos intentado y adoptado sucesivos proyectos de modernización, casi todos inspirados en los Estados Unidos y Europa, sin que hasta hoy ninguno de los países que forman el subcontinente americano pueda denominarse apropiadamente moderno.

En nuestras sociedades conviven el burro y el avión, vanguardias de pintores y escritores nobeles y el analfabetismo, la opulencia convive en las calles con el hambre, el abandono de los niños y la prostitución simulada y abierta. Estas contradicciones han tenido su corolario en constituciones democráticas, pero en la realidad real son democracias de papel, o de fachada, cuando no un híbrido autoritario donde se caricaturiza la democracia.

Escogimos la democracia porque nos pareció que era la vía a la modernidad. La verdad es lo contrario; la democracia debe ser el resultado de la modernidad no el camino hacia ella. Octavio Paz dejó para la posteridad, escrito en uno de sus últimos ensayos, el reto que tiene planteado la inteligencia latinoamericana en estos desasosegados días de globalización y aparición de las repúblicas digitales.

Las dificultades que hemos experimentado para implantar el régimen democrático es uno de los efectos, el más grave quizás de nuestra incompleta y defectuosa modernización. Pero no nos equivocamos al escoger ese sistema de gobierno: con todos sus enormes defectos, es el mejor entre todos los que hemos inventado los hombres. Nos hemos equivocado, eso sí, en el método para llegar a ella, pues nos hemos limitado a imitar los modelos extranjeros.

La tarea que espera a los latinoamericanos, dice el escritor, y que requiere una imaginación, que sea a un tiempo, osada y realista, es encontrar en nuestras tradiciones aquellos gérmenes y raíces —que los hay— para afincar y nutrir una democracia genuina.

A manera de conclusión

No será fácil consolidar las democracias en las sociedades frutos del mestizaje. Da la impresión que practicamos un juego interminable que se inicia sin límite de tiempo y en el que siempre faltan piezas. 

Terminamos un ciclo y empezamos otro más complejo. En mi opinión, en condiciones más adversas que cuando comenzó la Guerra Fría. Esta vez sin obra, sin guion, sin productores y sin actores de calidad para realizar nuevas producciones.

Me atrevo a señalar irónicamente que en la América Hispánica predominan tres modelos de vida política: las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela, formas de exterminio gradual de las mayorías. Las democracias del me da la gana, inspiradas en ese mamarracho llamado Donald Trump, que son la de Jair Bolsonaro en Brasil y Nayib Bukele en San Salvador, y las democracias inmóviles, de: sin constituyente no puedo nada de Chile, Perú y Colombia.

El cuadro nuestro no puede ser más patético y en el caso de Brasil, a don Lula le saldrá cantar la misma canción que entonó Rafel Caldera en Venezuela cuando perdió la brújula y abandonó a sus delfines, evocando a Facundo Cabral: No soy de aquí, ni soy de allá/ no tengo edad, ni porvenir/ y ser feliz es mi color/ de identidad…

León Sarcos, enero 2023