Guido Sosola: Érase el flaco Sanabria

Guido Sosola: Érase el flaco Sanabria

 

Hoy, el nombre suena completamente extraño para los venezolanos. No en balde, ha transcurrido 64 años del derrocamiento de Pérez Jiménez. Sin embargo, nuestra memoria histórica se ha debilitado tanto que ya no recordamos siquiera el nombre de una campeona olímpica de triple salto, personaje y disciplina deportiva que nos antojamos repentinamente de la especialidad de todo opinante, escasos meses atrás.





Edgar Sanabria no sólo sumó, sino que presidió la Junta de Gobierno desde el momento en que Wolfgang Larrazábal decidió su candidatura presidencial. El país no conocía a uno ni a otro, excepto en el mismo instante que se hicieron inquilinos más del Palacio Blanco que el de Miraflores, atentos siempre al contragolpe.

De una personalidad cautelosa y estilo de vida austero, el flaco – como le llamaban – impartía religiosamente sus clases de derecho romano en la Universidad Central, convertido en propulsor de la autonomía universitaria que contempló la ley que tuvo a bien rubricar. Cumplidas sus funciones gubernamentales por una breve temporada, Sanabria contrajo matrimonio para facilitar el desempeño, por lo demás, muy sobrio, como embajador ante el Vaticano, siempre caracterizado por su moderación política.

En un momento determinado, sin vocación para la lidia partidista, como se empeñó en tenerla el almirante, el catedrático asumió una responsabilidad que jamás – antes – imaginó. Puede decirse de un vacío en la dirigencia opositora a la dictadura que cualquiera podía llenar de precipitarse las circunstancias, como evidentemente ocurrió.

El vacío fue momentáneo, porque apenas llegaban del exilio los líderes políticos consagrados y se conocían a los héroes de la clandestinidad, interrogándonos irremediablemente en torno a las circunstancias que atravesamos en el siglo XXI. Érase el flaco Sanabria, cuyo caso es digno de examinar al protagonizar una etapa del país como jamás la pensó.