Fernando Mires: La libertad frente a la muerte

Fernando Mires: La libertad frente a la muerte

Así como hay películas prohibidas para niños, hay otras que deberían serlo para quienes cruzamos el umbral de esa edad que nos acerca al otro lado. Pero es culpa mía. Yo sabía que después de ver el film “Die Auslöschung” (La Extinción) me iba a sobrevenir una de esas depres que ni con yoga se quitan.

Una razón por la cual a pesar de los pesares la vi, es que no pierdo ningún film donde actúe el austriaco Klaus María Brandauer, divo que pertenece a esa corte de magnéticos como Sir Lawrence Olivier, Rod Steiger, Marlon Brando, quienes hasta cuando actuaban mal lo hacían bien. Otra razón adicional fue que la vi por razones sociales; pues la gente me iba a preguntar mi opinión acerca del tan anunciado filme y a nadie le gusta pasar por ignorante.
Por lo demás yo ya sabía cual iba a ser el tema: uno de los que más detesto: el de la eutanasia. O como tantos “pseudos” dicen, el de “morir en dignidad”, como si la muerte, esa putona, fuese tan digna
Quizás esa es otra razón por la cual vi el film. Desde hace tiempo observo, y no sin cierto temor, como está apareciendo en la cinematografía europea una suerte de “estética de la eutanasia”. Creo que ese fenómeno dista de ser casual. Pienso que la cinematografía sólo ha recogido un sentir que anda dando vuelta y que, eso es muy peligroso, puede estar ya golpeando las puertas de los hospitales.

El controvertido escritor francés Michael Huollevecq quien es cualquier cosa menos piadoso, anotaba en su novela “Partículas Elementales”, que en nuestro tiempo los temas de la libertad de matarse en caso de enfermedad incurable y la libertad de matar al embrión, han aparecido “curiosamente” al unísono. Cierto. Da la impresión de que en el espíritu del tiempo el tema de la libertad de morir pugna por hacer su entrada triunfal, como si hubiésemos alcanzado un estadio civilizatorio en el cual ya estamos en condiciones de decidir el instante de nacer y morir, atributo que hasta hace poco era otorgado a Dios o a su hija, la Naturaleza. En otras palabras, unos de los tabúes más tercos de la historia, el de no decidir sobre el momento de nuestra muerte, quiere ser suprimido. Es mi impresión.





No voy a relatar aquí la historia de “Die Auslöchung”, entre otras cosas porque al ser un film televisivo, muchos de quienes me leen no lo han visto ni lo verán jamás. Sólo diré que el filme sigue el tenor de otras películas gemelas; y bien, ese es mi problema.

En breve lapso ya he visto tres filmes similares. “Satte Farben vor Schwarz” (2011) en la cual otros dos grandes del cine, Senta Berger y Bruno Ganz, representan un matrimonio en el cual el hombre decide morir antes de ser consumido por un avanzado cáncer; y su mujer, acompañarlo en su viaje al otro mundo. Luego, el documental de David Sieveking, (“Vergiss mein nicht”, 2013) cineasta que tuvo riñones para filmar la extinción del “yo” de su propia madre, Gretel (conocida moderadora de la televisión alemana) víctima de la malignidad del Alzheimer. Por si fuera poco, la impactante, la inolvidable “Amour” de Michael Haneke, cuyas imágenes todavía me persiguen por donde yo vaya.

Lo interesante es que todos estos filmes tienen puntos comunes. Primero, el contraste entre una vida en donde reinaba la felicidad y la irrupción repentina de la muerte que arrastra consigo a su víctima, poco a poco. Segundo, el amor que, como es lógico, frente a la presencia de la muerte crece y se defiende en una batalla perdida antes de comenzar. Tercero, la posibilidad de ganar la partida a la muerte con sus propias armas, posibilidad que en tres de cuatro de esos filmes se consuma como hecho final.

El tema no es nuevo en el cine. Si uno revisa el historial de Ingmar Bergman, por ejemplo, va a encontrar que la especie más abundante en sus filmes es la de los suicidas. Pero hay una diferencia. En Bergman el tema no era la muerte en sí. Todo lo contrario, su tema -al fin, Bergman era epígono cinematográfico de Kierkegard- era el de la existencia.
Los suicidas de Bergman eran filosóficos, seres que protestan frente al absurdo de la vida. Los nuevos, en cambio, son sociológicos. No se matan frente al sin sentido de la existencia, sino frente a la degradación material que les impide llevar una vida social, emocional y sexual activa. Nótese, en los cuatro filmes mencionados, los enfermos mortales habían sido en su pasado reciente, intelectuales reconocidos, o como se dice: personas “exitosas”.

Ahora, si en la cinematografía el tema no es nuevo, muchísimo más antiguo es en la historia. Ya en el Fedón de Platón, Sócrates se pronunciaba en contra del suicidio. Lo que a mí me parece Cebes -argumentaba Sócrates- es que se dice con razón que los dioses son quienes se cuidan de nosotros y que nosotros los hombres, somos una de sus posesiones. ¿No te parece así?
La tesis de Sócrates era casi teológica. Porque si somos “posesiones de los dioses”, significa que no nos pertenecemos, o lo que es igual, nuestro cuerpo no es una propiedad privada de la cual cada uno puede disponer como le dé la gana. En el mejor de los casos somos administradores de un bien divino, no sus propietarios. La conclusión de Sócrates era lógica. Nadie tiene el derecho a decidir el como y el cuando de su muerte. Eso sería igual, según Sócrates, a usurpar las tareas de los dioses o de Dios.

Cuando Sócrates decía que somos “posesión de los dioses” también quería decir, de acuerdo a su filosofía, que lo divino vive en nosotros. En términos platónicos el ser humano es un ser relacionado con la luz de la divinidad desde donde el mismo viene. Y bien, esa idea básica, la de la relacionalidad del ser, fue relegada durante la modernidad a los más ocultos ámbitos de la teología.

Recién en la primera mitad del siglo XX, filósofos como Martin Buber, desde una perspectiva judía y Martin Heidegger, desde una platónica, insistieron en el principio filosófico de la relacionalidad ontológica del estar-en-el-mundo, con el ser total que nos precede y continúa.

Cierto es, insistía Heidegger, que el ser-en-el mundo es un ser-cuerpo, pero ese ser-cuerpo, ese ser estacionado en su estar, es sólo una instancia del ser total, hecho que tendemos a “olvidar”. Eso quiere decir, expresándonos en términos judeocristianos, que el amor al prójimo no sólo es al “uno en el otro” sino también al “otro en el uno”. Luego, quien se mata, rompe una relación del ser con su ascendencia y con su trascendencia, es decir, con el hilo de la historia de una vida que no solo es nuestra.

No deja de ser interesante mencionar que la apología del suicidio, muy débil entre los griegos, alcanzó fuerza durante las postrimerías del imperio romano, gracias sobre todo a la brillante pluma de Séneca (nacido el 60 a.C).En la filosofía de Séneca, en efecto, se observa la ruptura definitiva entre el pensamiento griego platónico con el pragmatismo filosófico romano.

Por de pronto, no es casualidad que mientras Sócrates fue un filósofo de la calle y Platón uno de la ciudad, Séneca fue un filósofo de Estado. Entre otras de sus actividades públicas, fungió como consejero de Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. Séneca, gracias sobre todo a sus tesis sobre el suicidio, es considerado uno de los precursores de la autonomía del individuo moderno.

Para Séneca el ser humano comenzaba y terminaba en sí. Luego, contraviniendo a Sócrates, el humano, como autor del texto de su propia vida, no sólo posee el derecho sino también el deber de terminarla. En una de sus “Cartas a Lucilio”(LXX) escribió, por ejemplo, Séneca. “Como en una representación teatral, la vida no importa cuanto dura sino como ha sido representada. No viene al caso en que lugar acabas, déjala en el lugar cualquiera que quieras, dale solo un buen final”.

¿No estamos frente al moderno principio de la autodeterminación llevada al extremo, es decir, al absurdo? Razón por la cual preguntará más de algún lector: ¿Por qué cito a Séneca? No por casualidad y en ningún caso por vanidad, sino por un motivo muy preciso, y es el siguiente: En el film “Die Auslöschung”, el prestigioso intelectual Ernst Landem (Klaus María Brandauer), sabiendo el destino que lo aguardaba con el progresivo desarrollo del Alzheimer, y siguiendo el objetivo explícito de ahorrar sufrimiento a su esposa Judith, guardó las tabletas (¿zyancali?) que pondrían fin a su vida, entre las páginas de un libro de Séneca.

No voy a entrar aquí en el odioso tema de sí el suicidio de Landem se justificaba o no. Al fin y al cabo yo no soy nadie para juzgar a nadie. Tampoco entraré en la discusión relativa a si en casos de suicidio la excepción confirma a la regla o la regla a la excepción. Sólo escribiré, y espero equivocarme, que he notado con temor el avance de una suerte de ideología “neo- senecalista”, ideología que está invadiendo poco a poco a la cultura occidental.

Si es así, me declaro desde ahora, enemigo a muerte del “neo-senecalismo”.

 

http://polisfmires.blogspot.com/2013/05/fernando-mires-la-libertad-frente-la.html